La naturaleza en la cultura minoica: una lección olvidada
Estudiando la cultura minoica me encontré con el famoso Fresco de la Primavera de Akrotiri. Un mural en el que la naturaleza ocupa el lugar principal y que podría simbolizar esa regeneración que sucede cada año con la llegada de la primavera. El renacer de lo que parecía dormido, la vuelta del color, del movimiento y de la vida.
Vale, ya sé que igual no estás viendo la imagen más bonita de la naturaleza de tu vida. Y que probablemente solo veas unas cuantas ramas esparcidas entre rocas pintadas hace miles de años. Pero para mí eso es precisamente lo más bonito del arte: que te permite mirar más allá de lo evidente. Y eso es lo que quiero contarte.
La naturaleza es un tema muy recurrente en la cultura minoica, y eso hizo que me obsesionara con una pregunta. No tanto por qué era importante entonces, sino por qué dejó de serlo para nosotros. ¿Cómo puede llamarnos más la atención un bloque blanco con ventanas negras que un árbol de mil años con toda una historia que contar?.
Sé que el mundo cambia y que nosotros también cambiamos con él. Pero resulta curioso cómo, a veces, nos negamos a reconocerlo. Incluso luchamos cada día por mantener una imagen fija de la vida, como si todo tuviera que ser siempre igual. Como si solo existieran edificios blancos, cuando la realidad es que hay temporadas en las que nos gustan los blancos, otras los grises y otras los azules.
Porque somos como la naturaleza: cambiantes, aunque no siempre queramos admitirlo. Y quizá en el 1500 a. C. esta lección la tenían mucho más clara de lo que la tenemos hoy.
Me gusta pensar que los minoicos pintaban murales de naturaleza para recordarse a diario que formaban parte de ella, como quien se hace un tatuaje para no olvidar algo importante.
El paisaje no se culpa por cambiar; simplemente cambia. Un árbol no fracasa por quedarse sin hojas en otoño. Una semilla no se avergüenza por tardar en brotar. El invierno no es un error de la primavera.
Nosotros también atravesamos fases necesarias.
Si lo veo desde ese punto de vista, el Fresco de la Primavera no habla solo de flores antiguas pintadas en una pared. Habla de una verdad que sigue vigente: renacer forma parte de vivir.
Quizá hemos olvidado la naturaleza porque nos recuerda demasiado lo que somos: seres cambiantes, vulnerables y cíclicos. Preferimos sentirnos máquinas estables y controladas. Pero basta mirar cómo vuelve la primavera cada año para recordar que cambiar no siempre significa perder; a veces significa empezar de nuevo.
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