El significado de los monos en el arte minoico: simbolismo, religión y exotismo en Creta

Supongo que para que hoy en día algo nos parezca completamente normal, en algún punto de la historia no lo fue.

Puede que precisamente por eso me haya llamado la atención el caso del mono: para nosotros es un animal conocido, estudiado, casi cotidiano. No tiene demasiado misterio. Y, sin embargo, eso mismo me ha llevado a pensar que en otro momento pudo ser justo lo contrario.

Y efectivamente, para los minoicos era un animal raro y prestigioso, asociado a lo lejano, a lo misterioso y, muy probablemente, a lo sagrado. Me encantaría poder dar una explicación mucho más enrevesada, pero la realidad —como suele pasar— es bastante más sencilla de lo que imaginamos.

Los minoicos eran una cultura marítima profundamente conectada con Egipto y el Cercano Oriente. Los monos, que no existían en Creta, llegaban como animales exóticos o a través de imágenes importadas. Y en Egipto, por ejemplo, los babuinos tenían un claro valor religioso, asociados al dios Thot.

Los monos se parecen al ser humano, imitan gestos y comportamientos, y tienen una agilidad y una expresividad que no pasan desapercibidas. Todo esto los convierte en seres “intermedios”, lo que en términos más técnicos se denomina seres liminales: ni completamente animales ni humanos. Precisamente por eso son ideales para representar el contacto con lo divino. Entiendo que, para un cretense, el mono pudiera tener algo de divino, literalmente.

En muchas culturas antiguas, este tipo de figuras se vinculan con los rituales, con lo sagrado y con momentos de transición. No es casualidad.

Representación inspirada en los monos azules de Akrotiri
*Imagen generada con IA, representación inspirada en la pintura mural de los monos azules en Akrotiri. Ojalá hubiese podido ir en persona y hacer la foto, pero no ha sido el caso.

En lugares como Akrotiri y el Palacio de Cnosos podemos ver cómo los monos aparecen ofreciendo objetos o plantas, interactúan con figuras femeninas —que suelen interpretarse como diosas o sacerdotisas— y se sitúan en paisajes que no parecen casuales, sino construidos como espacios simbólicos o sagrados.

Aquí es donde la cosa se pone interesante. Porque el mono deja de ser simplemente un animal representado y pasa a formar parte de una escena con carga ritual. No sabemos exactamente qué significaban estas acciones, pero todo apunta a que no son decorativas. Hay intención.

Además, en algunas representaciones —como las de Akrotiri— los monos aparecen recolectando azafrán, una planta que sabemos que tenía usos rituales y posiblemente medicinales. Esto refuerza la idea de que participan en actividades con un significado más profundo, casi como si desempeñaran un papel dentro de ese mundo simbólico.

También hay algo importante en cómo aparecen: no están aislados, sino integrados en la naturaleza. Y esto encaja muy bien con la mentalidad minoica, donde lo natural y lo sagrado no parecen estar separados. El mono, en este contexto, no solo es un animal exótico, sino parte de un equilibrio más amplio, casi una manifestación de esa naturaleza viva y sacralizada.

Al final, lo que más me interesa de todo esto es que los monos no son ni anecdóticos ni decorativos. Son figuras que condensan muchas ideas a la vez: lo extranjero, lo misterioso, lo humano y lo divino. Funcionan como un puente entre mundos.

Y quizá esa sea la clave para entender su presencia en el arte minoico: no representan algo concreto y cerrado, sino una forma de pensar. Una manera de ver el mundo en la que los límites entre lo humano, lo animal y lo sagrado no estaban tan claros como los vemos hoy.

Raquel Troyano — Historiadora del Arte

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